Si miras de cerca una flor hembra de cáñamo (Cannabis sativa L.), verás que sus brácteas y las pequeñas hojas que las rodean están cubiertas de tricomas, diminutas prolongaciones de la epidermis. Algunos son glandulares: fabrican y guardan un aceite espeso, rico en cannabinoides y terpenos. A esa mezcla la llamamos resina. Todo lo que se vende como hachís, hash, chocolate, resina CBD o placa nace, en origen, dentro de estas glándulas.
Por eso todas las resinas comparten una misma idea: recoger las cabezas de los tricomas y dejar a un lado el resto de la planta. Lo que distingue a una familia de otra es cómo se desprenden esas cabezas, cómo se seleccionan y cómo se unen. Esas decisiones marcan el color, la textura y la consistencia de cada hachís mucho más que la variedad de partida.
Tres tipos de tricoma glandular
La botánica describe tres formas. Los tricomas bulbosos son los más pequeños, de unos 10 a 15 micrómetros, y solo se ven al microscopio. Los capitados sésiles llevan una cabecita casi pegada a la superficie, de unos 20 a 30 micrómetros. Los capitados pedunculados son los gigantes: su pie puede alcanzar 200 a 300 micrómetros y su cabeza redonda se aprecia a simple vista como un brillo escarchado. Son ellos los que producen la mayor parte de los cannabinoides y terpenos, y sus cabezas son lo que busca cualquier productor de hachís.
En 2019, un equipo de la Universidad de la Columbia Británica mostró mediante microscopía multifotónica que las cabezas de los tricomas pedunculados tienen células secretoras más desarrolladas que las de los sésiles: auténticas fábricas de aroma en miniatura. Como referencia, un cabello humano mide unos 70 micrómetros de grosor.
Cabeza y pie
Un tricoma capitado pedunculado tiene forma de seta. El pie está formado por células de la epidermis y apenas contiene resina. La cabeza está coronada por un disco de células secretoras que vierten su producción en una bolsa situada bajo una membrana fina, la cutícula, que se hincha a medida que la flor madura. Cuando en el mundo del hachís se habla de «cabezas», se habla de estas esferas llenas de aceite; los pies se consideran una impureza.
La unión entre cabeza y pie se vuelve más frágil cuando la planta está seca o muy fría. Todos los métodos de separación aprovechan, de un modo u otro, esa debilidad, y por eso un buen tamizado da un polvo rico en cabezas y no una mezcla de restos vegetales.
Color y madurez de los tricomas
Con una lupa se ve cómo cambia la cabeza del tricoma durante la floración. Al principio es transparente, luego se vuelve lechosa y, al final del ciclo, una parte de las glándulas toma un tono ámbar. Los cultivadores siguen ese cambio para decidir el momento de la cosecha. En la resina, esa madurez se nota en el color del polvo de partida: cabezas jóvenes dan una materia rubia o crema, cabezas más maduras una más dorada. Después, el prensado, el tiempo y la oxidación deciden buena parte del color final.